El cuento de Tanabata

Hace mucho, mucho tiempo, había un hombre joven que vivía en un pequeño pueblecito. Un día, mientras regresaba a casa de trabajar los campos, descubrió una cosa extraordinaria: una chica realmente encantadora que estaba bañándose en un estanque, y en la orilla los ropajes más bonitos que jamás hubiera visto. Deseando desesperadamente poseer esos ropajes, se los guardó discretamente en un cesto que llevaba y prosiguió el camino.

Cuando ya se marchaba escuchó una voz que le llamaba.- ¡Perdonad! -. El joven se sobresaltó y dijo.- ¿Qué? ¿Alguien me llama?-. La encantadora chica el contesto.- Si, yo os he llamado. Por favor, ¿podríais ayudarme a encontrar mis ropajes de plumas? Vivo en el cielo, y tan solo he descendido un instante para bañarme en este estanque. Sin mis ropajes de plumas no puedo regresar a casa.

La chica parecía estar a punto de romper a llorar, pero el chico disimuló como si no supiera de qué le estaba hablando, y le contesto.- ¿Ropajes de plumas? No veo ninguna por aquí cerca -. Desesperada, la chica se preguntó qué podía hacer, y el joven la invitó a acompañarle a su casa.

Imposibilitada de regresar a su casa, la chica se quedó a vivir con el chico, vivieron felices, y con el tiempo tuvieron un hijo. Años mas tarde, mientras la chica estaba sola en la casa, vio un pequeño agujero en el techo en el interior del cual se veía un paquete. Al cogerlo pudo comprobar que eran sus ropajes de plumas, que el chico había ocultado en ese agujero. Enfadada por que el chico hubiera podido traicionarla de esa forma, se puso los ropajes y, cogiendo a su hijo, se disponía a salir volando hacia el cuelo cuando el chico regresó de trabajar. Creyendo que la había perdido para siempre, el chico le gritó que la amaba y que por favor le perdonara y volviera con él.

Como ella también lo apreciaba mucho, mientras se marchaba le dijo.- Si realmente me amas, haz un millar de pares de sandalias de paja y entiérralas bajo un árbol de bambú. Si lo haces podremos volver a vernos. Estaré esperándote -. Y con esas palabras se perdió en el cielo, camino de su hogar.

El joven quedó muy triste, pero sabía lo que tenía que hacer para volver a estar con ella, así que al día siguiente empezó a hacer las sandalias, trabajando noche y día sin parar. Cuando finalmente las había hecho todas menos el último par, pensó que entre tantas, no importaría si había una de menos, así que enterró los novecientos noventa y nueve pares de sandalias bajo un árbol de bambú, y este empezó a crecer y crecer hacia el cielo, de forma que el chico pudo subir por sus ramas hacia el cielo, pero cuando casi había llegado, comprobó que le faltaba todavía un poco para llegar, y el árbol había dejado de crecer. Mientras se lamentaba gritando el nombre de su amada, la chica, que le había estado esperando, le alargo la mano y tiró de él.

Finalmente los dos eran felices por haberse reencontrado, pero el que no estaba nada contento era el padre de la chica, ya que consideraba que su hija se merecía alguien mucho mejor que un ser procedente del mundo inferior. Pero como amaba mucho a su hija, decidió darle una oportunidad poniéndolo a prueba.

En primer lugar le hizo traer agua con una cesta hecha de bambú, cosa que logró gracias a que la chica le sugirió que la cubriera con papel encerado. En la segunda tenía que recoger todas las semillas que había lanzado por un campo sin olvidar ni una, cosa que logró gracias a que la chica pidió a los pájaros que le ayudaran a recogerlas.

Finalmente, la tercera prueba consistía en vigilar un campo de melones de Makuwa (makuwauri -真桑瓜) durante tres días y tres noches. Esta prueba el chico le pareció que era realmente fácil, por lo que apenas escuchó los consejos de la chica, que le suplicó que, por muy sediento que estuviera, en ningún caso utilizara un melón para saciarla. El caso es que cuando el sol estaba en lo alto, el chico empezó a sentirse realmente sediento, pero resistió como pudo.

Pero al mediodía del tercer día ya no pudo resistir más y abrió uno de los melones. En ese mismo instante, del melón empezó a surgir tal cantidad de agua, que formó un río tan ancho que separó a los dos amantes, que se vieron incapaces de ir hasta donde se encontraba el otro. Este río es el que los japoneses conocen como el Amanogawa o río del cielo (o sea, la Vía Láctea). Si miramos al cielo, todavía puede verse a los dos amantes, allí donde se encuentran las estrellas Altair y Vega, separados por toda la eternidad, excepto durante la noche del séptimo día del séptimo mes, en el que el padre de la chica, entristecido al ver la pena que sentía su hija, les permite reencontrarse. Este es el día en que las dos estrellas están situadas una frente a la otra, brillando de forma especialmente intensa, a través del Amanogawa.


Otra versión, más cosmogónica, del cuento dice:

Orihime (織姫 – la princesa tejedora), hija de Tentei (天帝 – el Rey del Cielo, o el propio universo), estaba tejiendo una magnífica tela junto al Amanogawa (天の川 – literalmente el río del cielo, o sea, la Vía Láctea). Su padre estaba encantado con la tela que ella le estaba tejiendo, por lo que ella trabajaba en la tela día y noche sin descanso. Pero Orihime estaba triste por que de esta forma jamás podría conocer a un hombre del que enamorarse. Preocupado por su hija, Tentei lo arregló para que se encontrara con Hikoboshi (彦星 – Estrella del pastor de bueyes, también llamado Kengyuu (牽牛)) que vivía y trabajaba en la otra orilla del Amanogawa.

Cuando los dos se conocieron se enamoraron al instante, y poco después se casaron. Pero una vez casada, Orihime abandonó la tela que estaba tejiendo para Tentei y Hikoboshi dejó que sus bueyes vagaran libremente por el cielo. Furioso, Tentei los separó, cada uno en una orilla del Amanogawa y les prohibió que volvieran a verse. Orihime quedó muy triste y abatida al no poder volver a ver a su marido, y le suplicó a su padre que le dejara verle, ni que fuera una vez más. Conmovido por las lágrimas de su hija, Tentei permitió que los dos volvieran a verse el séptimo día del séptimo mes si ella trabajaba duro en la tela que estaba tejiendo el resto del tiempo.

Sin embargo, la primera vez que habían de reencontrarse, comprobaron que no podían cruzar el río, pues no había ningún puente, así que Orihime empezó a llorar tanto que una bandada de garzas acució y le prometió que harían un puente con sus plumas para que así pudiera cruzar el río. Se dice que si el día que han de encontrarse llueve, las garzas no pueden acudir, y por tanto los dos amantes han de esperar a otro año para reencontrarse.

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