Castillos japoneses

por Jordi Ferré

En un país que ha estado en guerra durante buena parte de su historia, un elemento tan característico de los períodos bélicos como son los castillos es normal que se desarrolle considerablemente a lo largo de este período combatiente. Desgraciadamente, los sucesos y las batallas de este mismo período, y la dejadez que sufrieron durante la posiblemente demasiado rápida occidentalización del país durante la Era Meiji han sido los motivos principales que han causado que en la actualidad tan solo quede un pequeño número de castillos en condiciones de hacernos comprender, al menos parcialmente, la magnificencia de estas construcciones que tuvieron su período de mayor esplendor a lo largo de aproximadamente un siglo, entre 1540 y 1640.

Los castillos japoneses fueron sufriendo una clara evolución tanto en su diseño como en sus funciones, desde las construcciones más o menos estables con finalidades eminentemente defensivas, hasta los grandes castillos que fueron el núcleo de la formación de muchas de las principales ciudades del país y que tenían una función mucho más administrativa y de punto de referencia del poder de los daimio.

El aislamiento de Japón ha sido la causa de muchas de sus particularidades, como el hecho de que prácticamente ninguna población japonesa estuviera rodeada de una muralla defensiva, como sucedía en Europa, o incluso en las mucho más cercanas China y Corea. Por otro lado, Japón es un país eminentemente boscoso, motivo por el que durante la mayor parte de su historia los castillos se han construido casi exclusivamente con madera. Además, la construcción con madera, a pesar de ser más vulnerable al fuego, permitía utilizar técnicas más resistentes a los terremotos.

Los primeros castillos

Los primeros castillos que se construyeron eran simples posiciones fortificadas, situadas en la parte superior de una colina o montaña. Se desbrozaba la parte superior para aprovechar los materiales y crear buenas líneas de tiro para los arcos, pero las laderas de las montañas nos e tocaban para evitar la erosión y proporcionar una barrera defensiva adicional. Se construían caminos bien delimitados, que podían llegar a conectar diversos picos cercanos, formando de esta forma un sistema de fortificaciones en que cada colina o pico era una fortificación comunicada con las anteriores por caminos bien defendidos.

Estos primeros castillos se denominan yamashiro (castillo de montaña), y se conservan pinturas de finales de la Era Heian (950 dC) en que ya se muestran algunos de estos castillos. Como aprovechaban lo mejor que podían la orografía propia del lugar, estos yamashiro presentan muchas variaciones. Aunque no eran tan habituales, también había algunos castillos construidos en las llanuras, aprovechando ríos y campos de arroz inundados como barreras defensivas. Los castillos de las llanuras se denominan hirajiro. Finalmente, existen los hirayamajiro, que son una combinación de los dos tipos anteriores.

En estos castillos, los muros de sólida madera tenían aspilleras para disparar flechas, y también agujeros para tirar rocas sobre los atacantes. En el interior de los muros había torres rodeadas de muros de madera o escudos de madera transportables, desde las que los defensores podían arrojar todo tipo de proyectiles. En el interior de la zona defendida también se construían edificios para atender las diversas necesidades de la guarnición, desde cuarteles a zonas de mando.

La función de estos primeros castillos era básicamente evitar que las fuerzas hostiles llegaran a un área determinada, por lo que estaban distribuidos de forma que si una zona era conquistada por el enemigo, su recuperación fuera fácil, o si eso no era posible, pudiera aislarse del resto para evitar que la presencia del enemigo en ella representara un riesgo adicional para la seguridad global del castillo.

Los yamashiro del Período Sengoku

Con el tiempo la construcción de los castillos fue evolucionando, pero el modelo descrito anteriormente se siguió empleando para las posiciones defensivas menores hasta bien entrada la Era Sengoku. Al principio las mejoras se centraron en el aprovechamiento cada vez más creativo de los elementos naturales. Así, se excavaban áreas enteras de las montañas o colinas para crear fosos y trincheras, e incluso se hicieron terrazas en la montaña para que las defensas más internas pudieran dominar las externas, pudiendo crear líneas de disparo entrecruzadas en que cada posición tomada por el enemigo podía ser fácilmente atacada por los defensores de las zonas más internas.

Para aumentar la dificultad de escalar las paredes, se cortaron secciones enteras de montaña, haciendo los desniveles más pronunciados, e incluso se desviaron ríos o torrentes para convertirlos en zonas impasables.

Los muros también fueron evolucionando, y pasaron de ser simples empalizadas de madera a ser auténticos muros recubiertos de barro, y reforzados con unas estructuras de madera y bambú que les conferían mayor solidez. Estas estructuras se recubrían posteriormente con una mezcla de arcilla y pequeñas rocas, y finalmente se pintaban de blanco, dándoles el aspecto que actualmente solemos asociar con los de los castillos nipones. Los muros disponían de auténticas aspilleras que ya no eran simples agujeros en la empalizada, y para evitar el desgaste causado por la climatología, en la parte superior se colocaban pequeñas techumbres de madera, o incluso de tejas.

Toda la estructura tenia una estructura de refuerzo que, en tiempos de guerra podía utilizarse para colocar plataformas elevadas desde las que se podía disparar por encima del muro.

Los castillos de piedra

Los castillos tipo yamashiro tenían el gran inconveniente que las propias técnicas de construcción debilitaban de forma natural sus cimientos, especialmente si se desforestaba la zona. Es por eso que las construcciones habían de ser bajas, tres pisos en los casos más extremos, y las estructuras elevadas, como las torres, se intentaba que fueran lo más esqueléticas posible (generalmente un mero entramado para sustentar una plataforma superior). Además, aunque se tomaban medidas para reducir al mínimo la erosión, como dejar crecer hierba en las secciones expuestas, las lluvias torrenciales, los tifones y otros fenómenos naturales obligaban a estar constantemente reforzando las construcciones.

Es así como acabaron surgiendo los característicos cimientos de piedra que todos tenemos en mente al pensar en un castillo japonés. De hecho, este sistema se demostró tan resistente, que generalmente es lo único que ha sobrevivido al paso del tiempo. Se da la circunstancia que la base del castillo de Naha (Okinawa) que están construidos con esta técnica, lograron resistir incluso el bombardeo de las fuerzas navales estadounidenses en 1945.

Estos característicos cimientos de piedra pueden parecer a primera vista las murallas típicas de los castillos occidentales, pero no es así. Los japoneses tienen una forma curva para aumentar su capacidad de resistencia, pero lo más importante es que no son piedras acumuladas para formar una muralla, en realidad son estructuras de piedra que tienen la misma función que antes cumplía la hierba que se dejaba crecer en los taludes, pero con una capacidad muy superior. Es gracias a esto que se pudieron erigir construcciones tan propias de los castillos nipones como las torres que podemos ver en Himeji o Hikone, y que no habrían sido posibles sin la resistencia adicional conferida a los cimientos por estos muros de piedra.

La forma de estos muros de piedra tiene una característica forma curvada hacia fuera que puede recordar a los bastiones artilleros europeos, pero el motivo de esta geometría no tiene nada en común en ambos casos. Así, mientras que el caso europeo responde a la creación de líneas de tiro sin ángulos ciegos, reducir al mínimo los restos de material que podrían facilitar el acceso al enemigo en caso de destrucción y la necesidad de utilizar escalas imposiblemente largas para llegar a ellos, en el caso japonés el motivo principal es conservar el núcleo de tierra con pérdidas mínimas (cosa especialmente importante en el caso que este núcleo fuera artificial, como en el caso del castillo de Ôsaka), y poder sustentar el peso de las torres. Otro factor importante es que su forma permite absorber mucho más eficazmente las ondas de choque de los terremotos.

Este nuevo estilo de construcción convivió durante mucho tiempo con los anteriores, pues su costo era notablemente superior, y tan solo los daimio más poderosos podían costearlos. He incluso los que podían, generalmente solo construían uno de estos castillos como base principal (honjô), y seguían confiando en una rede de fortificaciones (shijô) menos importantes construidas como se hacía anteriormente. Así, el honjô estaba controlado por el daimio, mientras que muchos de los shijô estaban en manos de familiares directos o vasallos de plena confianza. Con el tiempo algunos de estos shijô pasaron a ser versiones más reducidas del honjô.

El desarrollo de las torres principales

Una vez solucionado el problema de la resistencia de los cimientos, los elementos internos también pudieron evolucionar, ganando tanto en altura (las torres de cinco o más pisos pasaron a ser habituales), como en estructuras más sólidas, muy alejadas de las simples estructuras de madera anteriores.

Las torres principales se empezaron a construir sobre sólidas bases de piedra, en gran parte gracias a los artesanos de Anou, en la provincia de Omi, que durante siglos se especializaron en la construcción de bases de piedra para templos y pagodas, y que supieron calcular con gran precisión la forma ideal para crear unos cimientos muy sólidos para las torres de los castillos. Se dice que en 1567 el daimio Hisahide Matsunaga fue el primero en construir una de estas torres, pero desgraciadamente no queda ni rastro de ella. La torre de Maruoka se construyó en 1576 y resistió casi intacta hasta 1948, cuando un terremoto la derruyó (pero se ha reconstruido utilizando los materiales originales). La torre original más antigua que todavía se conserva probablemente sea la del castillo de Matsumoto, que se construyó en 1597.

Hay torres más antiguas, pero todas ellas han sido trasladadas de sitio en algún momento, como la del castillo de Hikone, que se construyó en 1575 en Otsu, y se trasladó a su localización actual en 1606. Otros castillos famosos son el de Inuyama (1600), Matsue (1611) y Himeji (que se construyó entre 1601 y 1610).

Todos estos castillos datan del final del período de las guerras de unificación, cosa que demuestra que este elaborado estilo de construcción que incluye elementos de gran belleza, no es consecuencia de una construcción en tiempos de paz, si no que tuvo lugar incluso en medio de un país en un casi constante estado de guerra. ¿Por qué esta ostentación en un elemento eminentemente defensivo? Pues la verdad es que la función del castillo fue evolucionando a la par que las técnicas de construcción. Se dice que, en parte por la influencia de los jesuitas portugueses, los castillos cada vez se fueron considerando no solo un elemento defensivo, si no también una expresión de la riqueza y el poder del daimio, para impresionar al enemigo.

Como fue quemado por los rebeldes en 1582, tan solo nos han llegado relatos i alguna ilustración del castillo de Azuchi, el magnífico castillo que construyó Nobunaga Oda como base de su poder. Este castillo, el más magnífico de su tiempo, incluía un piso de planta octogonal en la parte superior de su torre principal, que tenía siete pisos.

En 1586 Hideyoshi Toyotomi, el sucesor de Nobunaga, ordenó construir el castillo de Ôsaka, que se merece un capítulo especial dentro de la historia de los castillos japoneses, y es que fue un gran símbolo de poder, incluso después de la derrota de los Hideyoshi. De hecho, no fue hasta la destrucción final del castillo de Ôsaka que se puede considerar que realmente se finalizó la unificación del país bajo el gobierno Tokugawa.

El declive de los castillos

Durante la Era Tokugawa la construcción y mantenimiento de los castillos estuvo muy controlada, siendo necesario un permiso especial del shogun incluso para hacer obras de mantenimiento. De hecho, más de una familia samurai fue destruida por no cumplir estas rígidas normas al pie de la letra. Pero eso no implicó la desaparición de los castillos. De hecho algunos cobraron especial relevancia, como el castillo de Nijo de Kyôto, que era un constante recordatorio al poder imperial que era el shogun quien realmente gobernaba, o el gigantesco castillo de Edo, que representaba el poder Tokugawa. En esa época los castillos potenciaron su imagen de centro de poder, y aunque en algunos casos recuperaron su función defensiva (como durante los convulsos tiempos anteriores y posteriores a la Restauración Meiji), la verdad es que perdieron gran parte de su importancia, sobre todo después de la eliminación del sistema de castas, momento en que la mayor parte fueron abandonados y fueron desapareciendo. Algunos, como el de Matsumoto, se conservaron casi milagrosamente gracias al esfuerzo de la gente de la zona, mientras que otros quedaron destruidos y, si actualmente podemos disfrutar de su vista es gracias a reconstrucciones modernas, algunas realizadas a base de hormigón que tan solo conservan su aspecto original en el exterior, y algunas reconstrucciones más modernas que han tratado de respetar al máximo los materiales originales.

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