Teppô

traducción y adaptación de Jordi Ferré

El año 1542, el portugués Fernando Mendez Pinto y dos compañeros embarcaron en una nave china en la colonia portuguesa de Macao, pero una tormenta los desvió del rumbo y acabaron refugiándose en el puerto de Tanegashima, una pequeña isla de Kyûshû. Tanegashima Tokitaka, gobernador de la isla, quedó muy impresionado por las extrañas armas que llevaban los tres portugueses, e hizo que las estudiaran y reprodujesen.

A pesar de que no eran más que unas armas de fuego muy sencillas, su producción se incrementó rápidamente, y cada vez más daimyo empezaron a equipar sus ejércitos con ellas. Estas armas se denominaron teppô, o tanegashima, como la isla en la que se crearon por primera vez (y que por casualidades de la historia es desde dónde Japón lanza sus cohetes y satélites).

Muchas de las familias más antiguas y aristocráticas siempre menospreciaron esta arma por no ser adecuada para un samurai, pero tuvieron que cambiar rápidamente de opinión o fueron aplastadas por otras familias no tan idealistas. Pero idealistas o no, el teppô siempre ha sido un arma para los ashigaru (tropas de infantería formadas por soldados no samurai), y sin duda fue un factor clave en la transformación de la propia concepción de la guerra en Japón, haciendo que cada vez cobrara más importancia el soldado profesional de bajo rango, al servicio permanente de su señor, bien entrenado y adecuadamente uniformado.

Es cierto que las armas de fuego se conocían desde antes del incidente con los portugueses, pero no eran más que armas poco sofisticadas de origen chino que no tuvieron el impacto demoledor que tuvieron los arcabuces portugueses. La isla de Tanegashima estaba controlada por el clan Shimazu, y fue Shimazu Takahisa quien tuvo el honor de ser el primero en utilizar en batalla las armas de fuego. Fue durante el ataque a la fortaleza de Kajiki, en la provincia de Osumi, el año 1549.

Este samurai fue uno de los que mejor valoraron el potencial de esta arma, y los armeros locales, que ya eran famosos por su habilidad trabajando el metal, se esforzaron por aprender las técnicas necesarias para hacer las primeras copias de los arcabuces y para posteriormente producirlos en masa. Los contactos con los mercaderes portugueses también fue muy importante, y no es coincidencia que los primeros conversos cristianos entre la clase samurai fueran usuarios habituales de los arcabuces. Don Juan Ichibu Kageyu, un súbdito del daimyo Matsuura de Hirado, es un claro ejemplo. Este cristiano acérrimo hizo muy buen uso de las armas de fuego en la batalla de Aikô no Ura el año 1563, y posteriormente contra los piratas que trataron de saquear la isla de Ikitsuki. Dos de las tres naves piratas se hundieron, y cuando Ichibu examinó los cadáveres, comprobó que todos habían muerto por heridas de bala, no por las flechas.

El arcabuz portugués era un arma sencilla pero muy bien diseñada. Al contrario que los pesados mosquetes que precisaban de un apoyo, el arcabuz podía dispararse al hombro, siendo necesario un apoyo tan solo en el caso de las armas de mayor calibre que posteriormente se desarrollaron en Japón y que generalmente se conocían como "cañones de muro" o "cañones de mano".

Un arcabuz normal está formado por un cañón de hierro incrustado en un soporte de madera, a la derecha del cual hay un serpentín de bronce conectado a un gatillo, que al ser presionado libera el serpentín, que contiene el extremo de una mecha encendida, el resto de la cual está enredada alrededor del soporte de madera, o del brazo del soldado. Como precaución para evitar una ignición prematura, el agujero a través del cual se prende la pólvora está cubierta por una placa de bronce, que debe retirarse en el último momento. Estas armas producen un gran retroceso y uan densa humareda, pero al ir mejorando las armas se introdujeron los cartuchos, acelerando considerablemente el proceso de carga.

Uno de los problemas técnicos que tuvieron que afrontar los japoneses era cómo cerrar uno de los extremos del cañón al colocarlo en el soporte de madera. Según una leyenda, un herrero del clan Shimazu cambió a su hija por lecciones al respecto. Un aventurero portugués escribió que en dos o tres años los japoneses habían conseguido fabricar algunos centenares de arcabuces, y el año 1550 ya eran un arma habitual en las batallas. Los mejores armeros crearon escuelas para transmitir sus conocimientos, como las de Kunitomo y Sakai, y nunca iban cortos de clientes. El año 1549, Oda Nobunaga encargó 500 arcabuces a los herreros de Kunitomo. En 1555 Takeda Shingen utilizó 300 al atacar un castillo controlado por Uesugi Kenshin, y quedó tan impresionado que dejó permanentemente 500 arcabuces en uno de sus castillos. Este entusiasmo tal vez era un poco desmesurado ya que en ningún caso los arcabuces eran el arma más numerosa sobre el campo de batalla, pero en pocos años si que llegaron a construirse con una calidad muy superior a las armas originales importadas de Europa, especialmente por que muy pronto se estandarizaron los calibres de las armas, cosa que no pasaba en Europa, cosa que implicó la estandarización de los proyectiles, algo que hacía que fuera mucho más sencillo equipar los cuerpos de arcabuceros, y el incremento de su producción y uso.

Recientemente se ha comprobado la eficacia y puntería de estas armas en una serie de experimentos que revelaron que a 30m todos los proyectiles impactaban en el pecho, y que aunque a 50m la precisión era mucho menor, teniendo en cuenta los objetivos, se conseguía el efecto deseado (generalmente desmontar un jinete a la carga). Pese a ello, en Japón se plantearon las mismas dudas que en Europa sobre su eficacia respecto a los arcos. Y es que a pesar de su potencia, un arquero podría disparar hasta cinco veces más proyectiles con mayor precisión. El inconveniente era que para disponer de un buen arquero se precisaba de un largo periodo de entrenamiento, muchas horas de práctica y una gran fuerza muscular, factores que tan solo se daban en las unidades de elite de arqueros, mientras que el arcabucero podía formarse en relativamente poco tiempo, por lo que era el arma perfecta para los ashigaru de más bajo rango.

Así pues, el secreto del éxito de las armas de fuego se debe a las mismas causas que la preponderancia de las unidades de infantería: una buena organización del ejército y un considerable cambio en las actitudes sociales. Fue preciso cambiar la idea de que los ashigaru eran tropas prescindibles reclutadas deprisa y corriendo para pasar a considerarlas un elemento que era necesario entrenar y tratar bien. Pero fue por la vía dura que los samurai aprendieron que el arcabuz era imprescindible para sus ejércitos, como quedó demostrado en las batallas de Nagashima y Nagashino. A la muerte de Oda Nobunaga en 1582, casi la tercera parte de todos los ejércitos de samurai estaba formada por arcabuceros. Y su número no dejaba de crecer. Sin embargo, durante l largo período de paz de la Era Tokugawa se freno este ímpetu y, si en su inciio, en 1603, se calcula que había unas 200.000 armas de fuego en Japón, en 1850, al final del Shogunato, su número era muy similar, probablemente porque a pesar de su utilidad, la clase samurai nunca acabó de aceptar totalmente este tipo de arma "impropia".

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